“Tu casa está en la costa”, me dijo la RosaMaría. Es una rusa friki que me ofreció una sesión de Diseño Humano a mitad de precio, descuento de Navidad. Siempre había querido hacerlo en Barcelona, pero estaba medio caro. Así que aproveché el cambio favorable y me hice la consulta. Me contó muchas cosas interesantísimas, una maravilla de herramienta el Diseño Humano, lo recomiendo totalmente.

Parece que mi entorno natural son las orillas –“your natural enviroment is the shore”, en palabras de RosaMaría-, los sitios de tránsito, donde corre el agua: los puertos, ríos, lugares donde la gente está de paso. Ahí está mi hogar. Donde las personas se mueven, física y existencialmente. Estoy al servicio en los puertos, colaboró con las transiciones, con las transformaciones de las personas. Soy útil allí.

El Sudeste Asiático es una gran zona de tránsito: la Ruta de la Seda recibió caravanas de mercantes y peregrinos por siglos y siglos, gente de todas las procedencias que imprimieron su huella por aquí, dejaron cosas y se llevaron otras; una tierra de comercio, de intercambio. No es de extrañar que las religiones del Sudeste Asiático sean un patchwork de cultos traídos de allende mares, un poquito de Buda, un poquito de Rama, un dragón chino por aquí, un mono indio por acá. No es de extrañar que la gastronomía sea también un collage, una mezcla de currys indios y sopas chinas.

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Bangkok en el Siglo XIX

Estuve en el Museo del Sudeste Asiático de Bangkok y me emocioné. No me preguntes porqué. Reconocí algo mío en esta cultura fluvial, en esta mística de docke, reminiscencia de mis lecturas de Salgari y Hugo Pratt -también artistas navegantes-, sus piratas malayos y sus marinos portugueses…

Qué hermosos los horizontes
con línea de agua,
donde tengo mi casa,
donde el sol reparte gratis sus colores
y se esconde tras el mar.

Me inspiré y escribí un texto de los largos, estas piezas entre crónica y poesía que me salen cada vez más seguido. Me gusta como quedó. Que la disfrutes.

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Mi Casa en la Costa

1.
Esta tarde
me quebré
en un museo de Bangkok.

Soy sensible, carajo mierda.

Me pudieron
las caras de ojos achinados,
las fotos antiguas, blanco y negro,
de cuando Bangkok era una Venecia de chabolas,
tan hermosa…

Que nostalgia más dulce
añorar el recuerdo del eco
del eco de un sueño;

que nostalgia más dulce
sentir propios
los mares ajenos.

2.
Aquí hay un tesoro de arroz,
un continente bendecido por el germen,
archipiélago demente con diez nombres:
Bután, Singapur, Indonesia,
Filipinas, Birmania, Tailandia,
Malasia, Laos,
Camboya, Vietnam:

los tigres asiáticos,
después de un par de siglos
de letargo colonial,
se llevaron puesto al mundo al despertar.

Yo leí que el adn original
del hombre es color amarillo.
No me extraña.

Estos sí que saben empujar
el carro de papaya de la historia
sin quejarse.

3.
Son distintos a nosotros, sin embargo
aquí yo creí ver a mi tía Chicha
de refilón en Chatuchak, a Orlando a la vuelta del palacio,
vi a parejitas quererse, adolescentes,
ella de antojitos, él nervioso,
como en Burgos esquina Irigoyen,
viejos de vereda en jogging y musculosa,
a los que solo les faltaba la Spika en Radio Continental.

Sin embargo
son distintos a nosotros;
la mochila en sus espaldas
carga brotes diferentes:
a veces caña o soja verde,
a veces esquirlas de guerra,
a veces días de mierda;
estos sí que saben aguantar.

Llevan marionetas de Rama,
campanas de mármol, canoas,
cosas traídas de India y la China,
máscaras birmanas, sombreros de paja
abovedados,
como soldados del Vietcong.

Aquí hay un tesoro de arroz.

Aquí los payeses
pasan las tardes en terrazas inundadas
sembrando semillas al sol.

Las mujeres se inclinan
cuarenta grados,
cuarenta años en el campo,
y acaban de viejas,
la espina plegada,
la mirada al suelo sin solución.
Entran a sus tumbas
a pasito de tortuga.

Aquí hay un tesoro de arroz.

3.
Los templos budistas
son un pastiche dorado
de plástico y mármol;
monjes por todos lados,
con sus mantos azafrán,
monjes niños en bandada, peladitos,
que se tientan en los rezos, se codean entre ellos.

Los fieles
van a misa
en el templo de mi barrio.
Promedio, sesenta años.
De seis a siete de la tarde,
letanía continuada en altavoz.
Que leerán?
Será el Canon Pali?
Las Cuatro Nobles Verdades?

Yo cierro los ojos
en postura de más o menos loto
y sueño historias
de cuando era marino portugués
y llegué por vez primera a estas bahías,
la descarga de cajones en el muelle de Chabang,
bajo un sol abrasador,
escudriñado por un mar de ojos rasgados.

San Antonio y Theravada,
el Poniente y el Naciente,
estrechándose la mano.

Mientras tanto, frente al Buda,
la plegaria no descansa;
el monje y los fieles
susurran a coro en segunda marcha.

Qué hermoso es estar en misa,
sentir que el alma desciende
como un manto de terciopelo;
qué hermoso es ser extranjero en una misa,
no enterarse de nada,
y sentir a Dios igual.

5.
Estoy en la Ruta de la Seda,
haciendo una alto.
Mi velero está en el puerto.

Mis compatriotas salen de putas
en Khao San Road.

Mascan escorpiones negros
los borrachos marineros,
destrozan las copas y bailan.
El sudeste está en llamas.

Yo me siento en la vereda
de mi hogar de dos estrellas
y sueño con cielos lejanos,
con Java, con Singapur.

“Qué hago en Manila?”
decía el poeta Moura,
qué carajo hago en Bangkok.

Es hora de seguir viaje:
la Ruta de la Seda me espera,
me llama de nuevo a nacer.

Zarpo esta noche
porque estoy enamorado:
amo el Océano Indico,
amo los barrios chinos,
amo los hostales,
los desayunos de puerto,
las noches tórridas,
los días fugaces,
amo las comidas con especias,
amo las mujeres con especias,
la promesa y la poesía del tifón…

6.
Mi alma viaja en velero.
Las sirenas me susurra las canciones.
Las gaviotas me conocen.

Cuarenta años pasaron,
pero ahora ya lo sé:
soy como el Corto Maltés,
soy como el cruel Sandokán;
tengo mi casa en la costa,
tengo mi tierra en el mar.

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