Últimos días en Tailandia.

Me vine a Bangkok unos días antes de mi vuelo de regreso a India. Después de dos meses en una isla, tenía ganas de ciudad. Caminar horas, ver multitudes, hacer turismo gastronómico, escribir rodeado de gente…

Estoy en un pequeño hostel indio a cien metros de Khao San Road, la calle de los mochileros, pleno centro de la ciudad. Khao San Road es el infierno: una zona ruidosa, cutre, tiendas de souvenirs, el edén del sobreprecio, una puesta en escena para turistas yankis y europeos de fiesta que saturan los bares con música tecno, tomando esos baldes horribles con desesperación en la mirada, chequeando non stop sus móviles y esperando que pase algo. Anoche me di un paseo y quedé medio traumatizado.

Yo le escapo al barrio. Como es céntrico, todo está mas o menos cerca. Salgo bien temprano y a patear. El primer día me fui a Chinatown y flipé con el microclima social, el despliegue cultural y visual del barrio.

Al regreso, tomándome la primera cerveza en cuatro meses en un puestito callejero, volqué este poema.

Chinatown 2

Pensado en el Barrio Chino

1.
Cualquier ciudad que se precie
tiene siempre un Chinatown.

2.
Los chinos son demasiados
para China.

Muy áspera, fría, petada,
mucho carbón,
mucha peña,
mucha contaminación,

así que los chinos se van
se baten en retirada.

2.
Los chinos migran en patota,
se mueven en tandas,
en bolsas,
bolsas de chinos descargadas en los puertos.

Y medio segundo más tarde
de estirar un toque las piernas,
se ponen a por feina
-con una ética de trabajo
que haría eyacular a Max Weber-
y construyen sus inmensos hormigueros,
sus transplantes etnográficos
con olor a viejo,
a viejo venerable, con bigotes hasta los codos;
con olor a treinta siglos de Cultura
qué ni Mao pudo borrar.

A donde sea que caigan
-New York, La Plata, Mumbai-,
los chinos juegan de locales,
y construyen Chinatown.

3.
Desde una esquina afiebrada,
miro el despliegue animal,
las hormigas trabajando,
los carteles verticales,
las fritangas…
alguien debería hacer una película,
una novela estilo Tolstoi
-una gran novela rusa,
pero china-:
“La Fundación
del Barrio Chino
de Bangkok”.

Con escenas épicas en Cinecittá,
miles de extras bajando de los barcos,
con los ojos rasgados,
con los ojos brillando,
familias enteras,
hombres y mujeres fuertes
-con hígados de acero-,
levantando fábricas, talleres,
tenderos y sastres casi ciegos,
regateando lotes de telas estampadas,
de estatuas de Buda:
hordas de preciosas pekinesas
friendo costillas de cerdo
con voluntad inquebrantable
en sus carritos de hojalata,
un desfile rojigualdo
de guirnaldas de papel,
un carrusel…
el héroe colectivo inesperado
de una feroz epopeya mercantilista.

4.
Este pueblo es capaz de todo.

Es capaz de sembrar árboles en el Sáhara,
y colgarle farolitos y linternas.

Es capaz de buscarle la vuelta
a la Revolución,
y hacer del verbo en chino carne,
casar a Marx con Confucio,
hacer un emparche sociopolítico,
un collage atroz y mundano,
un comunismo poético
-por ponerlo en términos suaves-
un mercado trágico.

Este pueblo es capaz
de comprar provincias yanquis,
de hacer un queso con soja,
de arrancar a cien millones de personas
del campo y de la pobreza,
y alzarlos a bastonazos si hace falta;

de copiar a los mejores,
de creer en los dragones,
de rezar a los fantasmas;

de crear prosperidad,
de dejarse pisotear
y de aguantar.

5.
Yo quiero estar vivo
cuando el hombre llegue a Marte,
y de la nave colonial
bajen rostros amarillos.

Yo quiero ser testigo
cuando nazca en el espacio
un Barrio Chino.