El Phangan Tattoo es un clásico acá. La isla se lo hace a todos los extranjeros a la fuerza, quieran o no.

Es la cicatriz que te queda después de darte un palo en los caminos de grava. Por una combinación de factores, es súper normal que la gente se dé pequeñas ostias en la moto: caminos pedorros, conductores inexpertos (muchos aprenden a conducir aquí mismo), alcohol y drogas, perros que andan por la carretera como por el living de su casa.

“Estos guiris son un desastre, a mi no me va a pasar “, pensé. Pagué la soberbia con un tatuaje, jaja.

Venía detrás de una moto que me frenó de golpe, justo en un tramo con gravilla, patinazo y a la mierda. Cinco raspones: los cuatro apoyos (manos y rodillas) más el codo izquierdo.

Ya pasaron tres días y todo se va curando bien. La estrella es la marca en la palma de mi mano derecha. Parezco Ironman.

Phangan Tatoo

La dueña del local de motos es honesta, y todo el chiste me va a salir unos 50 euros. Tuve suerte, escuché historias de gente pagando 500 euros por un rayón en la carrocería.

Viajar te pone a prueba: Llevo diez años sin contratiempos graves en lo que respecta a mi salud, y en tres meses de mochilero sufro tres intoxicaciones, un diente astillado y un choque de moto.

Nada serio, naturalmente. Un puñado de cicatrices, pero mi espíritu esta intacto, sin mella. Buena señal.

Cómo bien buen pichón de la New Age, no creo en las casualidades. Cada vez que me pasa algún revés/catástrofe, me pregunto “qué me estoy queriendo enseñar con esto?”.

Todavía no lo sé. Mientras me llega la respuesta, sigo bailando. Que no pare la orquesta, por favor.

Al día siguiente del accidente, con las heridas aún frescas y la incertidumbre de cuánto iba a tener que pagar por la moto, escribí un poema para canalizar mi mala leche:

Un palenque en Koh Phangan

Acá estoy, querido Dios,
aguantando las toscas.

Apañándome
con lo que me eches encima.

Caigo y ruedo
levantando polvo
-nunca apretes el freno en la arena-
hasta que quedó quieto,
de costado,
saboreando mi derrota.

El primer puto pensamiento
que me viene a la cabeza
es la factura del arreglo de la moto;

ahora mismo
podría estar con el hombro dislocado,
con parálisis del cuello para abajo,
pero eso no me preocupa:
sólo la factura de la moto.

Puta pobreza
cociendose en mi cabeza.

Al final la saco barata:
las palmas en carne viva.
raspones en las rodillas,
la manga rota en el codo,
la cabeza blindada,
intacta.

Wei,
la bonita taiwanesa
responsable del desguace,
-me mate por no matarla-
se me acerca con terror en la mirada.
“I’m fine”;
desparramado y polvoriento
pero fain.
Tomando aire,
calculando pérdidas
y con ganas de hacerla sentir culpable.

No logro contenerme
y le paso factura:
“caí porque frenaste de golpe”.

Como buena oriental,
se hace cargo y asume
su cuota razonable de martirio:

“Soooorry”,
afligida total,
se ve que se quiere matar,
la angustia le da reacción alérgica y todo;
los piscis son hipersensibles
y somatizan cualquier cosa.

Es interesante darme cuenta
que aún puedo ser miserable.

En mil nueve ochenta y dos
Miguel Zabaleta chocó con el auto
y escribió un hit radial,
“Amanece en la ruta”,
una estrella fugaz en el cielo pop de los 80.

Yo me pegó un palo insignificante
y escribo un poema
que no va a ser hit de nada.

Espero haber aprendido algo:
A no seguir a una taiwanesa
durante dos días seguidos?
A tomar menos café?
A no bajar la guardia nunca?
A confiar en la abundancia?
A agradecer las segundas vueltas?

Hay cosas que ya aprendí:
a no hacer un tango de todas las cosas,
a situar los choques en perspectiva,
a mantener la sonrisa,
tras un palo,
con la mano en carne viva.