Resulta que la gente que busco en Koh Phangan se concentra en Sri Thanu, en la costa oeste de la isla. Es donde están la mayoría de los centros de yoga y detox, restaurantes veganos, tiendas orgánicas y playas nudistas.

Cuando llegué no tenía idea que pateando un poco y preguntando por ahí podía conseguir bungalows al lado de la playa por 5 euros la noche. Como buen control-freak, fiché mi habitación por el mes completo a través de internet, y resultó estar en la orilla opuesta de la isla, la zona turística de Baan Tai.

No es grave, igual. Son apenas 20 km por camino asfaltado al lado del mar. Las motitos se alquilan baratas: a 250 bath el día, pero en temporada baja hay margen para negociar hasta 90 o 100. Tras una semana de hacer dedo, alquilo una scooter y luego de un par de días de practicar recupero mi pericia adolescente como piloto de Zanella. Ahora voy por ahí como Randy Mamola.

Dos semanas. Es lo que me llevó hacerme una pequeña tribu aquí. Tengo que ser yo, solamente, ir a los saraos, despertar la fiera laboratoriana y sacarle viruta a la pista de baile, prenderme fuego en los Ecstatic Dance, el rey del mambo, y acercarme a la gente sin miedo, abrazar sin pedir permiso, como me enseñó mi amigo Juampy, que te hace crujir los huesos de amor. “La vida es para valientes”, dice la Walker: Garpa un montón acercarse a la gente con descaro e inocencia, como cuando eras chico en el patio de la escuela, que te arrimabas a un nene y le preguntabas “quieres ser mi amigo?”. Así de fácil y directo.

Cuando me estaba empezando a sentir a gusto, una colega reciente me ofreció cuidar de su casa y su gato por dos semanas. Viven en una casa guay en el barrio hippie chick, así que lo tomé como una señal para estirar mi estadía un mes más.

El Mundo es una Servilleta

Llevo un trimestre de viaje ya, y me voy enterando/confirmando de primera mano algo que sospechaba a través de andar por internet y de haber viajado a India cuatro veces: Hay una comunidad viajera, alternativa, expandida, diagramas de Venn con bordes convergentes, hippies, yoguis, contacteros, músicos, meditadores, kirtaneros, masajistas, tántricos, freelancers del espíritu… Me gusta esta tribu y esta vida que llevan. La quiero para mi.

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Cena con viajeros

El circuito “spiritual” está en expansión a nivel mundial. En Asia incluye ciudades como Rishikesh, Goa y Dharamsala -en India-, Chiang Mai y Koh Phangan -en Tailandia-, y la isla de Bali -Indonesia-, etcétera. La sensación es que el mundo es muy pequeño, un barrio global… podés cruzarte con alguien en Tailandia en noviembre y luego en Goa en diciembre, como si te lo encontraras en una esquina y otra de tu mismo barrio.

La primera vez que experimenté eso fue en Arunachala hace dos años, cuando estábamos por empezar el Festival con la Jessica Walker y nos encontramos a Patrick y a Mina haciendo la pradakshina -la peregrinación entorno a Arunachala-: dos caras familiares de mi sangha de Barcelona entre cientos de indios.

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Patrick y Mina, en la otra punta del mundo

Fue una sensación rarísima, vigorizante, de mundo/aldea, de distancia borrada de un plumazo, una convicción de estar rodeado de familia, de la imposibilidad de estar sólo. Y me volvió a pasar una y otra vez en Barcelona, cuando nuestros amigos de Arunachala empezaron a venir en manada al Laboratorio, la alegría de ver entrar por la puerta del teatro a Rick, a Henry, a Naina, a Ghazy, a Sophia, recortados del paisaje indio y transplantados a mi casa de Sant Antoni.

Y lo volví a vivir acá hace una semana, en la Zen Beach, cuando crucé la mirada con la Franciska, deliciosa polaquita que conocí en Thiruvannamalai, y la veo cuatro años después sentada en la arena rodeada de hippies, y corrimos y nos abalanzamos a los brazos del otro como en las películas.

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Tengo la sensación de que estamos construyendo algo. Esta caravana de gente en búsqueda, pisando nodos energéticos, intercambiando, aprendiendo lo que hay que aprender, comerciando en moneda álmica, dejando nuestra huella en la arena, en los senderos, cruzándonos entre nosotros por aquí y por allá.

Esta es una época fértil, la humanidad evoluciona y se libera de sus lastres a velocidad crucero, es un hermoso viaje en colectivo. Sin saberlo, estamos todos (todos!) los seres humanos trabajando para el mismo equipo, jugando con la misma camiseta: los coders en Silicon Valley, los sadhus en Varanasi, los refugiados sirios en Grecia, cada uno cumple su papel, empuja el barco humano hacia adelante a su manera, sacude, transforma lo que haya que transformar, inventa lo que haya que inventar, desecha lo que haya que desechar.

Y los viajeros qué? Cuál es nuestro rol? Traer y llevar nuestros cuerpos por sitios llenos de belleza, vagabundear, ver atardeceres, templar el espíritu, enamorarnos, sacarle filo al alma con el yoga, las plantas de poder, los tambores, hacer amigos, abrir el corazón cuando podamos, alimentar la chispa curiosa del ser viajero, el legado vivo de Marco Polo y de los dominicos portugueses que llegaban a China sin idea de nada, de los hippies que buscaban opio y vida nueva por los caminos de Katmandú…

Hacer experimentos, nuevas formas de vida en probeta, nómadas digitales, bailarines de contact, post adolescentes, semillas de bestias financieras que la pegaron con las criptomonedas, millennials y baby boomers luciendo los mismos dreadlocks… Somos familia, estamos haciendo algo impresionante juntos. Algo que no se sabe que es, pero que seguro que importa. Nos ponemos en postura de curiosidad, buscando la belleza, nos emparejamos y desemparejamos con alegría y liviandad, algunos se creen desertores de la sociedad, inventando la nueva aldea humana, otros se creen optimizadores, exploradores, expansores de lo viejo, activistas de la evolución, apólogos del lienzo en blanco del futuro, listos para subirse al barco de lo radiante, de las revoluciones que vienen, que llegan a velocidad pasmosa, exponencial, a caballo de las nuevas tecnologías.

Oriente y Occidente tomándose un café en una esquina de Jakarta, haciendo intercambio cultural… Les enseñamos abundancia a los indios, a los tailandeses, a los malayos, vietnamitas, nepaleses… A cambio, ellos nos enseñan lo ancestral, lo comunitario, la fuerza del ritual, una actitud devocional, reverente ante la vida. Ellos nos recuerdan la raíz, nosotros les mostramos los frutos, la promesa del hombre, su potencial infinito, el poder del individuo. Les enseñamos a salirse de la tribu para cumplir tu destino, nos enseñan a amar a Dios sin verguenza. Nos abrimos la cabeza mutuamente, de una buena manera.

Estamos al servicio. Eso es lo que me enseñó la Walker: “la vida no empieza hasta que no empiezas a darte”.

En la Liga de la Galaxia, jugamos para el Barça. Y vamos a salir campeones, sabés?

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