La Full Moon Party es la fiesta más grande y descontrolada de Tailandia. No es para mí, definitivamente. Pero igual fui.

A los 10 minutos de llegar, una chica me astillo un diente sin querer con su botella de cerveza.

Desconcierto, luego rabia, luego la pregunta:

“Qué mierda hago acá?”

Acá es Koh Phangan, una isla bellísima en el mar tailandés, que además es el epicentro de la fiesta del turisteo europeo y americano.

Vine a la isla siguiendo una intuición: en el último año, cuatro o cinco personas sin relación entre sí me dijeron “tienes que ir a Koh Phangan”.

Caí acá sin investigar mucho. Y me encontré con algo parecido a Ibiza, pero en el Océano Índico, con millones de adolescentes y post-adolescentes anglosajones borrachos, y una gran industria de la fiesta montada su alrededor: Hostels, bares en la playa, seven-eleven, fiestas electrónicas cada noche, locales de ropa cutre de verano, tiendas de alquiler de motos…

Llegué en las vísperas de la Full Moon Party, la fiesta de la luna llena, un desconche mensual de diez mil personas en la playa de Haad Rin. Los alojamientos escasean estos días, así que tuve que parar en un youth hostel por un par de noches, antes de mudarme a una habitación privada en otro sitio, cuando la cosa se descomprime un poco.

Caigo en un cuarto compartido con dos estudiantes de medicina alemanas que apenas veo y Rob, un ingeniero mecánico inglés que duermen sus resacas hasta las cuatro de la tarde. Rob es muy amable, como todo inglés, y tiene mucha mala suerte: En tres días perdió todo su dinero y sus tarjetas de crédito en la Jungle Party, y chocó su moto (los guiris conducen sin oficio y chocan con sorprendentes regularidad): le cobraron como 400 € el arreglo, que tuvo que pagar sí o sí porque te retienen el pasaporte cuando las alquilas.

No estoy seguro de si ir o no a la Full Moon Party, ya que no bebo y me estresan las multitudes. Pero la curiosidad y las pocas ganas de quedarme en el hostel pueden más, y enfilo a la fiesta en taxi con seis sevillanos pasadísimos de vuelta. Luego ocurre lo del diente, la mala leche y las ganas de irme. Tengo que hacer acopio de toda mi fuerza espiritual para darle la vuelta a la situación.

“Mi estrategia es bailar hasta que todo se solucione”

Leí esa frase una vez en Facebook. Me viene de perlas ahora mismo: encuentro un chiringuito que pone Drum n´Bass y bailo cuatro horas a pico seco y sin darle bola a nadie, y a las 4 de la madrugada me vuelvo al hostel. Prefiero no ver el amanecer en una playa sembrada de cadáveres post-borrachera.

La mañana siguiente me despierto e intento hacer mi yoga, mi rutina habitual, pero Rob me pide amablemente que pare, le quedan unas cinco horas de sueño por delante, y el ruido de mi litera no lo deja dormir.

De nuevo viene la voz: “Qué mierda hago acá”. Salgo del hostel, voy hacia el mar y ahí me reconcilio con la vida: Supuestamente, las playas de Baan Tai son de las “menos bonitas” de toda la isla. Pero lo que tengo delante es una postal de agua cristalina estremecedora. Es la primera vez que veo un mar inmóvil, el agua quieta como un espejo; en Necochea no hay.

Además, está semi desierta: todos los guiris duermen sus resacas. Extiendo el pareo en la arena, pongo mis mantras, practico mi yoga y me vuelve el alma al cuerpo: sigo en el Paraíso, gracias a Dios.

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