Escribí este poema el 16 de octubre de 2018 en Varanasi, en mi meditación matutina, tras escuchar “Deep River” de Paul Robeson, un viejísimo canto evangélico; Estoy en la tierra del mantra, pero mi desayuno de himnos cristianos es intocable.

La canción tiene mil versiones, pero la versión de Robeson -la primera grabada, acababa de inventarse el magnetófono- es la más popular, es emocionante: Robeson fue terriblemente famoso, un cantante negro y comunista décadas de los movimientos por los derechos civiles en USA.

El cruce del Jordán a la tierra prometida tiene infinitas lecturas. Como todos los relatos bíblicos, te dice lo que necesitas escuchar y te inspira lo que necesitas decir. Que es esto:

Es que siempre habrá un Jordán
para cruzar?

Es que siempre habrá un Jordán
para cruzar?

Es que siempre habrá una orilla
arrasada por el mal,
herida por la sequía,
por el hambre, por la lepra,
y los carros de Ramsés
y los ejércitos cerca?

Siempre habrá un lado yermo
de éste lado del desierto
y del otro lado, verde
y la promesa de Canaan;

mi sufrida humanidad:
siempre habrá un Jordán
para cruzar?

Y del otro lado, qué?
Los cultivos abundantes,
las lluvias, los arcoiris,
el espacio para todos,
del otro lado el reposo,
del otro lado la paz…

Tan hermoso,
es un sueño tan hermoso…

Y cuando lleguemos, qué?
Ya podremos descansar?

O volveremos a darnos
de palazos entre hermanos,
volveremos a caer en el pecado
de olvidar nuestra grandeza?
Volveremos a caer en la soberbia,
en la lujuria, en la pereza,
o en la furia?

Habrá tierra prometida?
Estaremos a la altura?
Valdrá la pena cruzar
el río profundo,
el Jordán?

Y tendremos el coraje
de dejar la mierda atrás?
De dejar las componendas,
lo mezquino, lo cobarde,
lo falaz?

Estaremos ya dispuestos
a quemar el Estatuto
que legisla nuestro miedo?
Podremos prenderlo fuego?

Podremos cruzar desnudos,
cruzar el río profundo,
mi sufrida humanidad?

Podremos cruzar el Jordán?