Varanasi es la ciudad de Shiva. De la misma manera que Arunachala es la montaña de Shiva. Y que muchísimos otros sitios de India también están consagrados a Shiva. Porque en india, Shiva es el puto amo. Es por afano el dios más venerado en un país con cien millones de dioses. Solamente por eso es el puto amo. Es el Mahadev (“Gran Deidad”).

Mi curiosidad era cómo pasó Shiva de ser un dios muy menor -hace dos mil años atrás- a llevárselos puestos a todos. Y también cómo es que tiene un lugar tan privilegiado siendo una deidad tan sórdida.

De la triada mayor del hinduismo, Shiva representa la Destrucción. La Creación es Brahma, un dios con pinta de tipo equilibrado, con barba y cara de bueno. Pero los indios pasan totalmente de él: no he visto ni un templo a Brahma desde que llegué a la India.

A Shiva, en cambio, lo adoran. Es el Dios de la muerte, de los crematorios, de los cementerios. Se viste con una piel de tigre, tiene el pelo largo y enmarañado, un collar de calaveras como Keith Richards, una serpiente alrededor del cuello, un tridente, fuma porros y está cubierto de cenizas de cadáveres. Hasta su mujer da miedo (Kali, con cara de salvaje desquiciada, también tiene muchísimos fans en India).

El símbolo más venerado de Shiva es el lingam: un falo que simboliza la fuerza creadora. Para decirlo en vulgar criollo: miles de millones de indios van a los templos a adorar y rendir veneración a la poronga de Shiva. El puto amo, ya ves.

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Shiva Lingam

Además de todas estas cosas, Shiva es el dios del conocimiento, la conciencia y el poder. Es el padre del yoga. Es el primer Yogui, un Meditador, y así aparece en mucha imagineria: postura de loto, ojos cerrados, quieto como una estatua en la cima de los Himalayas (como en la imagen de más arriba).

Cabe aclarar que en India no se hace mucho yoga. Muchos occidentales “espirituales” que idealizan la India se dan la hostia al llegar: acá practica yoga/meditación menos del 5% de la población. Son muy religiosos, eso si, de ir al templo, hacer pujas, etc. Pero para dar el salto a una búsqueda más cañera de Dios se necesita tiempo. Y los indios no lo tienen.

“No se puede tener familia y trabajo y hacer yoga regularmente” dijo un indio que había meditado algo en su juventud y ahora está casado. Yoga y vida normal son casi incompatibles: trabajan jornadas muy largas y al llegar a casa hay mucha demanda del clan (esposa e hijos, pero también padres, primos, parientes en general). Por eso, la búsqueda en serio de Dios es sinónimo de Sannyasa, de renuncia. De abandonar la familia y la sociedad.

Desde Patanjali en adelante, la renuncia a lo material es condición sine qua non para el yoga. Si lo miras bien a Shiva, es el arquetipo del sannyasi: sucio, descalzo, semidesnudo, sin domicilio fijo, vive sólo en cuevas o en punta de la montaña. Los babas y sadhus, sus devotos, quieren ser como él. Y como la India es una cultura visual, le copian el look: se visten como él, portan su tridente y sus gadgets, se dejan las rastas y fuman porros hasta el desmayo. Algunos, incluso meditan.

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Los baba lookeados como su jefe

“El concepto de renuncia es una de las grandes ideas de la India”, escribió Vivekananda. Es verdad. Los hallazgos tan bestias que ocurrieron aquí, esa experimentación radical de los límites del cuerpo y la mente, fue posible gracias a renunciar a todo lo demás: los sannyasis más cañeros, los más laburadores, los que le metieron más horas, encontraron algo poderoso. Tocaron a Shiva.

Y como fueron ellos los que difundieron el hinduismo -recorriendo la India a pie, lentamente, de aldea en aldea, a lo largo de centurias- fueron ellos los que promocionaron a saco a “su” Dios, al Mahadeva.

“Me encantaría tener una Shiva Life”, me dijo el indiecito de antes, “una vida libre. No dejar huella”. La vida de Shiva, del liberado. El que no tiene nada y no quiere nada. Suena poderoso, no?

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