El Karma Yoga es un concepto bien indio. Viene de la Bhagavad Gita, el discurso donde Krishna le explica a Arjuna los diferentes caminos de unión con Dios (yogas). Karma Yoga es laburar al servicio del espíritu; es ofrecer mentalmente tu trabajo a Dios en lugar de enfocarte en los resultados, el rédito o la remuneración.

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Krishna batiéndole la posta a Arjuna

En el contexto social del surgió la Bhagavad Gita, este concepto fue revolucionario. Le permitía a un hombre de familia, un comerciante o un jornalero llevar una vida espiritual. Te daba el permiso de buscar a Dios sin abandonar el mundo.

La idea de Karma Yoga evolucionó hasta ser sinónimo de trabajo voluntario, que sostiene hoy día a todo un sector de la economía. Como las ONGs y las organizaciones religiosas. Y en India, los Ashram.

La vida en el Ashram de IVS en Varanasi tiene mucho de Karma Yoga: hay mil cosas que hacer. Limpieza, cocina, mantenimiento, organización de las actividades religiosas… A mi amigo el monje Krishnarup jamás lo vi meditar. Jamás. Básicamente trabaja, carga bultos, organiza movidas por teléfono, trae y lleva cosas en moto. En su tiempo libre chafardea con el móvil. Le enseñé a usar el PicsArt y ahora hace cosas como estás:

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Frases motivacionales de su autoría para facebook. Se está marketeando como coach espiritual el pendex.

Karmayogueando en Varanasi

No hacían dos horas que había entrado al ashram por primera vez, que me engancharon para currar. Me senté un minuto en la entrada, pasó Krishnarup y me pidió ayuda para algo: claro, como voy a decir que no. Me mandaron con dos monjes al mercado, volví cargando un saco de 20 kg de verdura en el hombro para la cena de Navaratri; a mi no me gusta nada nada el trabajo pesado, así que iba con la bolsa sintiéndome miserable (disimulándolo) y pagando de carambola el karma de los ingleses, que tuvieron 300 años a los indios de bestias de carga. Eso fue el primer día.

A los tres o cuatro días seguidos de verme entrar por la puerta para cantar Hare Krishna, Swami Appurbananda me preguntó si a partir del día siguiente podía llegar media hora antes a dar una barrida a la planta baja. Ojo, no lo hace de vagos o aprovechado: esa era su manera de integrarme. Hacer práctica espiritual en un ashram implica su mantenimiento, van juntos.

De todos modos, como el Karma Yoga no es en absoluto el plan de mi viaje y visto que mis queridos indios no se iban a cortar a la hora de hacerme laburar, quedaba en mis manos poner el límite (para alguien a quien le gusta caer bien, como yo, es un muy buen ejercicio). Lo respetaron perfectamente.

El Carnaval Diwali

Diwali es la fiesta de religiosa más grande de la india, como la Navidad para nosotros. Celebra el regreso a casa del semidiós Rama, y también honra a la diosa Lakshmi. Conocida en todos lados como la fiesta de las luces, el país entero se siembra de velas. Pero los hindúes siempre van por libre, así que en Varanasi la atrasan las luces a noviembre y en su lugar le dedican el Diwali a Kali, la diosa de la muerte y la destrucción.

Aquí, la contaminación sonora es estruendosa: bocinas, campanas, música de altavoces, monos, griterío… En Diwali, para no ser menos, tiran petardos las 24 horas. Me dormí a las dos de la mañana escuchando cuetes.

Cada vez que hay fiesta religiosa, en el ashram hacen pujas al estilo tradicional vedanta. Los Vedas son la piedra basal del hinduismo, unos libros de miles de años de antigüedad. Y el primer Veda es básicamente un manual para hacer pujas: qué ofrendar, qué decir y cuándo, cómo son los movimientos y los gestos, etcétera. Siempre traen algún brahmán especializado que lleva la voz cantante y se conoce las plegarias, que son larguísimas. En este caso era un viejito que apenas podía caminar, lo llevaban de acá para allá como estatuilla de porcelana, una ternura.

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Las pujaris y el viejito de los Vedas

Hay toda una parte de los rituales védicos que van con fuego, una media hora de rezar y echar hojitas y ghee a las llamas. Se levanta mucho calor: el pobre brahmán estaba entre el desmayo y la asfixia. Era como para echarle una manta húmeda encima, miro a los monjes buscando reacción pero nadie movía un pelo, o es normal o yo era el único que se daba cuenta.

24 horas de Karma Yoga

Para Diwali me ofrecí yo a ayudar, quería vivir la Kali Puja desde dentro. Los tres días anteriores salí como parte de la comitiva del Swami a hacer Viksha (colecta) puerta a puerta. Éramos tres: el Swami que hacía el chamuyo, Mahadev que se llevaba el talonario de recibos (dónde apuntan las donaciones) y yo, que llevaba los flyers del Ashram. Sí, mi trabajo era tener una pila de flyers en la mano. En la India hay superpoblacion, así que muchos problemas se resuelven metiendo gente. Las opciones para llevar los flyers eran 1) un bolsito 2) una persona. La elegida por default es la 2.

Vale mencionar que en el 90% de las casas donde golpeamos la puerta nos dieron dinero. Lo mismo en el mercado, cuando fuimos a pedir verduras para la olla popular. La casi totalidad de los puesteros donaron (30 kg de verduras en total), incluso los más pobres: viejitas sentadas en el suelo con siete tomates, y nos daban dos. Lo vi con mis propios ojos. Alucinante. Hay algo muy generoso en el alma de esta gente.

Hablando sobre el Karma Yoga, el Swami me explica que nuestros actos en la vida van dejando restos en el alma, como residuos. Hacer Karma Yoga es pasarle la franela. La finalidad es el moksha -la liberación del ciclo de encarnaciones-, que ocurre cuando el alma está completamente libre de Karma. Mirá si llegará a ser dura la vida para ellos, que el premio mayor es no volver a nacer.

El día de la Kali Puja empezamos a currar a eso de las 8 de la mañana. El puntazo fue la cena: en las festividades, las organizaciones religiosas hacen algo extraordinario que es cocinar para todo el barrio. Un desfile de vecinos viene al Ashram a comer, se van sentando en grupos de a veinte en el suelo, les servimos (a mi cargo los chapattis) y luego de comer los echamos para que se sentara el siguiente grupo, y así durante un par de horas. Muchos vecinos -incluyendo a Shia, una niña de 12 años- ayudan espontáneamente. Llevan al Karma Yoga en la sangre.

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Con el Sindicato de Karma Yoguis de Varanasi

Todo acabó como a las dos de la madrugada. Me quedé la noche allí. Me habían pedido de levantarme a las 8 para hacer no sé qué cosa pero pasé completamente y me dejaron dormir. A mi Karma de este año lo doy por limpio.

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