Una semana en Varanasi. Ya estoy instalado, física, mental y espiritualmente.

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Cuando llegás puede ser medio apabullante la avalancha de vendedores, buscas, garroneros. Luego de una semana los tengo fichados, los veo venir a la legua: Ya me doy cuenta de un vistazo si alguien viene a vender en plan hinchapelotas, si alguien viene a conversar y hacerse amigo, o si alguien viene a vender en plan tranqui y si no cuela se queda conversando igual.

Ya bajé las defensas, que es lo mejor que puedes hacer acá (y en cualquier lado): los indios son gente sociable, cortés, de sonrisa fácil y con una cualidad muy femenina, como una delicadeza. Y a la vez son medio brutos, machistas, mandones, impúdicos y les chupa un huevo todo. Y siempre con ese bamboleo de cabeza tan único, tan indio, como perritos de capot.

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Manni, mi sastre.

Varanasi está llena de masajistas amateurs. Tienen un truco que es extenderte la mano, como para estrechártela. Si se la das, te la agarran y te dan un masaje rápido en la palma y los dedos, que te intentan cobrar luego. O te lo dan sin cargo y te intentan arrastrar a su puestito, y darte un masaje de cuerpo completo a precio irrisorio, 20 rupias.

La primera vez yo caí, 20 rupias es baratisimo, así que me llevaron a uno de esos tinglados que hay en los ghats. Entre dos chabones (eran primos) me dieron un masaje al cuatro manos, tremendo, eran claramente profesionales. Se tomaron una media hora, trabajaron con mucho oficio pero a la india, con poca presencia, se la pasaron todo el masaje conversando entre ellos y con otra gente que pasaba por ahí. A los cinco minutos de empezar, caí en la cuenta de que lo de las 20 rupias era claramente un anzuelo, se venía el hachazo al final del masaje. Y me preparé.

Cuando terminaron y saqué las 20 rupias, se ofendieron al unísono, súper teatrales: “complete massage my friend, twenty rupees not good”, etcétera. Toda la estrategia de los indios es pillar a turistas que les cueste decir que no. Lo cual es fácil porque en occidente tenemos obsesión por quedar bien. Así que las más de las veces les funciona.

Además, los indios son regateadores profesionales. No sólo con los extranjeros sino entre ellos, en el día a día. He visto negociaciones super crispadas de diez minutos en el mercado por el precio de 2 kg de coliflores.

Así que les tuve que decir que No con firmeza. Me senté frente a él, lo miré a los ojos, y con todo el hara que pude juntar le dije “tu primo dijo 20 rupias y son 20 rupias”. Tuvo que ceder, naturalmente. Al final me dio cosa, volví y les di 100 rupias más. El curro valía trescientas mínimo (por no hablar de lo que te puede salir a hacerte un masaje así en Barcelona).

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Los primos masajistas

Todas estas triquiñuelas no son gratuitas. Los indios son un pueblo en survival mode. Un indio mileurista -por así decirlo-, gana unas 10.000 rupias al mes, que son unos 160 €. Uno de clase baja mantiene una familia con 6000 rupias. Cualquier viajero standard se gasta 1000 rupias al día (entre habitación, tres comidas en restaurante, un paseo en bote, un lassi, y alguna compra). Es lógico que nos vean como minas de oro con patas. Los extranjeros llevamos vidas de rico en India, gastarnos 300 rupias en una comida es totalmente normal, y para la mayoría de ellos es inasumible.

Una jornada de trabajo típica para un indio popular no baja de diez horas. Se avejentan rápido, a los cuarenta parecen abuelos (y muchos lo son, además).

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Deepak, mi ídolo.

Deepak es un chico de 20 años que se me acercó mientras estaba haciendo huevo en el río. Vino a charlar, tenía unas postales para vender pero nunca me las ofreció. Noté al instante su pureza. Conversamos una media hora, me invitó a un chai (que no me dejó pagar), y aproveché para entrevistarlo a fondo. Te cuento su historia porque no tiene desperdicio:

Su padre trabajaba como decorador de bodas (la industria de los matrimonios es gigante). Hace unos años tuvo un accidente de trabajo, perdió una pierna y naturalmente lo echaron. Que el proveedor de la casa pierda su fuente de ingreso suele ser una tragedia para las familias, un pasaporte a la pobreza. Así que Deepak, por entonces con 17 años, salió a vender postales para mantener a la familia.

Este es un día en la vida de Deepak:
03:30 (de la madrugada) se levanta
04:00 baño en el Ganga
04:30 estudia
05:30 a 08:30 va a la escuela
09:00 desayuno
10:00 a 22:00, vende postales en la calle (sí, 12 horas)
22:00 estudia
23:00 a dormir.

Deepak duerme 4 horas y media. Tiene el riñón caliente, pero es joven y aún no se le nota. Su misión diaria es llevar 400 rupias a sus padres. Lo que sobra se lo guarda. Si algún día vende de menos, tira de sus ahorros. Si tiene una mala racha de días y se queda sin dinero, pide prestado a amigos y va devolviéndoles de a poco.

Es muy religioso, como la mayoría de los indios, y desarrollo un truco mental místico/financiero que le da grandes resultados. “The customer is my God” (mi Dios es el cliente). Puede sonar exagerado, pero no para ellos, que porque los indios ponen a Dios en cualquier lado (vacas, monos, plantas…).

El sistema le da resultado: Trata tan bien a la gente que los viajeros se encariñan con él, le compran y además le hacen regalos. Cada dos o tres meses le caen 100 dólares de regalo de algún turista, o alguien le deja un móvil última generación, cosas así.

En tres meses, la vida de Deepak va a cambiar: se casa con su noviecita de la escuela. Me cuenta que toda la relación con su chica consistió en conversar en los recreos. Eso fue el noviazgo, durante cuatro años. Ni un beso, nada. Una castidad enternecedora.

Cuando su padre le dijo que fuera pensando en casarse, Deepak le pidió matrimonio a su noviecita. Luego las familias negociaron la dote y ya.

Le pregunto si va a seguir currando doce horas al día cuando esté casado. Mi cuenta que su suegro es rico, tiene una cadena de tiendas de saris en Varanasi (una de ellas en Dasaswamedh Ghat, que es como tener un local en Plaza Cataluña). Deepak no quiere deber nada y salir adelante por su cuenta, así que seguirá vendiendo postales. Dice que aunque su chica no se lo pidió, él le prometió que volvería a casa a las 19 en lugar de las 22 horas . Me mostró su foto, una indiecita dulce, me cuenta que aunque él es pobre, ella lo eligió por su corazón y su buena personalidad (acá dicen que alguien tiene “good personality” cuando se viste bien; Deepak anda de punta en blanco).

El indiecito me contaba todo esto y yo me moría, me sonaba a cuento de hadas o película de Disney. Deepak, soy tu fan.

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