Varanasi es un quilombo, una ciudad que no toma prisioneros. Hace años que quiero conocerla, vine con muchas ganas pero con un poco de cagazo también, por su fama de ser la urbe más extrema de un país ya de por sí extremo como India. Llevo cinco días, y ya me siento bastante aclimatado.

Estoy parando en un Guest House que me recomendó el Mincho de cuando vivía aquí. El Sunshine Lodge tiene un cartel en la entrada que dice “somos pobres pero nuestro corazón es grande”. Unos tiernos. Tiene un balconcito precioso con vista al Ganges, que ya es mi oficina.

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La vista desde mi office

La ciudad vieja de Kashi (un sobrenombre cariñoso con que los indios nombran a Varanasi) es toda la zona que rodea al río. Un laberinto de “galis”, callejones mugrientos a prueba de GPS, por dónde pasan seres humanos, vacas, perros y motos a 50 kilómetros por hora. Hay templos y altares por todas las esquinas, sobre todos unos dedicados a un monigote color naranja, una cruza entre elefante, ballena y Pokémon muy curioso; me muero por saber quién será ese muñeco.

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El dios Pokemon

Los ghats, las escalinatas de piedra que conectan la ciudad con el Ganges, son el epicentro de la vida social y religiosa de Varanasi. Son un choque de frente con esa India radical que amas u odias: Suciedad, música religiosa a todo volumen (saturada, con altavoces de cuarta), todo tipo de transas y buscas, bañistas haciendo sus pujas en el agua, gente lavando ropa, vacas comiendo o basura, perros comiendo la bosta de las vacas, vendedores, ejércitos de mendigos con toda clase de amputaciones y deformidades, sadhus de naranja vagueando o durmiendo la siesta…

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Dashashwamedh Ghat

En las webs turísticas recomiendan navegar esa marea humana con un guía local de confianza, porque cuando vas con un indio nadie se te acerca. Ahora bien, ser extranjero e ir sólo por los ghats te convierten en una pieza disputada, como si Carla Bruni entrara sola a un bar de rugbiers en La Plata. Se te acercan trapicheros de todo tipo, algunos muy siniestros, a ofrecerte lo que sea. Paseos en bote, hachís, masajes, postales, o se ofrecen llevarte a algún lado, a los ghats crematorios o a la tienda de ropa del cuñado. Tienen trucos muy creativos para llamar tu atención.

Hubo uno que me persiguió como 50 metros ofreciéndome unos libritos, primero en español, luego en italiano, luego en francés. Un crack. Me tuve que parar a conversar con él, resulta que también vende en hebreo y chino. Se llama Raj, pero su nombre castellano es Antonio (!!!).

Yo debo tener mucha pinta de mediterráneo, porque el 90% me grita “eh! Español!”. Cuando se enteran de que soy argentino me dicen “Ayentina! Marona!” (Maradona). Me emocionó que me lo nombrasen a Diego, porque desde hace una década la referencia típica con los argentos es Messi. En esto, Varanasi también vive fuera del tiempo.

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Ganga Aarti

Cada día, a las 18, los ghats se llenan de gente para el Ganga Aarti, la ceremonia en honor al río. Precioso ritual, complejo, con muchas secuencias, una hora y pico de duración aproximada, muy bochinchero, con muchas velas y fuego: los indios adoran el fuego para los rituales. La deidad Agni (fuego) es el puyero oficial de los dioses.

Ahí me hice amigo de un viejito que se acercó a venderme postales. Vino con buena energía, así que no le eche fly. Le compré una Sprite porque andaba medio desfallecido del calor, y a cambio me explicó la ceremonia, me hizo un montón de recomendaciones (“no le des dinero a nadie!”) y me regaló el librito de postales para que me acordara de él. Se llama Ayo o algo así. Voy a andar un mes por acá, así que seguro lo veré alguna vez más, será como mi abuelo de Varanasi.

Acabo de cenar en el Fuji Ganga Cafe, un restaurant feo pero acogedor, donde va a tocar un flautista cada noche que la descose. Escribí esto oyendo sus melodías.

Crazy Town

en Kashi todos caminan
una pata en cada orilla
del río santo
del agonizante Ganges
tapado de porquerías
y aún así sagrado
(cien millones de rezos
no pueden estar equivocados)

en Kashi todos caminan
una pata en cada orilla

una pata en este lado
en el lado de acá
acá, donde todo se cae a pedazos
acá, donde la vida no promete demasiado
acá, donde estás condenado a tener cuerpo,
a tener miedo, a que te duela
acá, donde apenas vale la pena
levantarse de la cama
(asumiendo que tengas cama)
acá, donde queman a los muertos
de a doscientos

la otra pata en aquel lado
el lado de allá,
donde no conocemos
allá, donde viven dioses resplandecientes
allá, donde llueve leche con miel
y es eterna primavera
allá, donde nadie enferma, ni tose, ni escupe flema
allá, donde las muchachas bailan entre los árboles
y te dedican miradas
de una dulzura insostenible
allá, donde los insectos no pican
y los dulces no faltan
y el roce de la ropa
produce orgasmos espontáneos
allá, donde nadie miente, ni roba, ni engaña
donde nadie regatea
y la amistad está limpia

allá, donde nadie ha ido nunca
salvo a golpe de samadhi

allá, donde nadie ha visto nunca
salvo en visiones de ganja

allá, sobre las colinas sembradas
de velas de loto blanco
encendidas, encendidas

Y por Kashi todos van
un pasito por acá
un pasito por allá

y por Kashi todos caminan
un paso en agua sagrada
un paso en agua podrida

Varanasi 02

Si querés saber más de mis paseos por India, dejame tu mail acá y te aviso cuando voy publicando.