India es un país religioso. No es un país espiritual, como nos gusta creer a los occidentales que hacemos yoga. Es religioso, al estilo misa de domingo, rosarios, estampitas, etc.

La ritualística india es preciosa. Exhuberante y colorida, como ellos. Hace días agarré por casualidad el Navaratri, una festividad de nueve días dedicadas a la Devi -la Diosa en genérico-.

El Hinduismo es una religión compleja, abierta y muy enmarañada, como más de 100 millones de Dioses (!!!!!), según leí por ahí. Muchas deidades están por duplicado o triplicado, son rejuntes, cruzas, encarnaciones o aspectos diferentes de otras deidades. Un quilombo.

Los tres o cuatro indios a los que les pregunté sobre Navaratri me dijeron cosas distintas. Todavía no me entero de qué se trata esta celebración. La versión más simple es que está dedicada a Durga -uno de los aspectos de la Devi- en nueve de sus manifestaciones, una por día.

Durante nueve días, se adora la imagen de la Devi en dos turnos, mañana y tarde. Se trata de una muñeca a la que cada día le ponen ropita de distinto color y la ponen en un altar bien recargado, indian style, con flores y luces de colores como árbol de Navidad. La multitud de devotos espera, todos sentaditos en el suelo, hasta que suenan las campanas, se abre una puerta del templo y ahí está la Devi, con sacerdotes alrededor bamboleando las lámparas, cantando esas letanías tan teatrales, tan bonitas, mucho incienso, y los fieles contemplan la muñeca con esas miradas de arrobamiento que ves en las procesiones de la Virgen del Pilar.

Navaratri 02

El ceremonial dura unos veinte minutos de rezos, acaba con una canción a capella preciosa, luego la peña se pone de pie y se arma la fila para ir a adorar la estatua. Los monjes van bendiciendo a toda pastilla (los indios siempre son muchos), les pintan el punto rojo en la frente, todo a las apuradas, como empleados de ministerio. Y nadie se inmuta con que los sacerdotes no le pongan onda: se da por hecho de que la puja funciona, de que la Devi escucha. No hay lugar a dudas. La Diosa está ahí.

Y yo, con dos o tres guiris más, mezclado en la multitud cobriza, switcheo la mente en modo devoción, y me agarra la certeza de que ya pasé por esto antes, de que soy una ola más, indiferenciada, en esa marea de creyentes, que esa Diosa es mi madre también, mi mamá India, que me abre los brazos como a uno más de sus hijos.

Ay, ay, ay, nosotros, los occidentales de la New Age, tan modernos y pelotuditos, con el cassette puesto, “yo no me considero religioso sino espiritual”, porque “a Dios no hay que buscarlo en la iglesia sino en ti mismo” y toda esa sarta de lugares comunes… Y meditamos, y hacemos yoga, y nos creemos espiritualmente más evolucionados que la vieja que prende la vela a Santa Teresa en la Catedral… Por favor, cuanto ego que tengo a veces, que bien me hace darme cuenta de que Dios se caga en mis categorías. La beatita y yo somos iguales. Los dos sabemos lo mismo. Sabemos lo único que hay que saber. Que Dios existe. El resto sobra.

Gracias, mamita India, por sacarme la tontería, y por recordarme la Verdad.

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