Vengo de una familia agnóstica. Mis padres fueron bautizados de chicos, pero se bajaron del Cristianismo en la universidad. Durante mi infancia, la iglesia era tan sólo un edificio monstruoso en Plaza San Martín al que iba mi abuela los domingos.

Todos mis amigos hicieron la comunión y tienen esa foto medio bala, vestiditos de blanco. Por mi parte, la formación bíblica en mi infancia fue gracias a unos libros ilustrados de cultura general que había en lo de mi abuela, con dibujos de Sansón desparramando filisteos a bastonazos, al estilo Hulk.

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Entré al cristianismo de adulto, por la puerta del costado, a través de una experiencia medio sobrenatural que tuve a los 27 y sobre la que algún día escribiré. Jesucristo llego tarde pero se insertó fácil en mi práctica espiritual de escuela new age; se sentó entre Buda y Krishna y se hizo amigo en seguida. Sin ostias, ni confesiones, ni padrenuestros.

La primera vez que fui a misa fue ya en España, a los 32 años. Llevaba unas dos semanas andando el Camino de Santiago por la ruta francesa -la que va desde Roncesvalles hasta Compostela-. El trayecto está tachonado de catedrales, iglesias y capillitas, algunas muy antiguas.

Andar sobre las huellas de mil años de procesión da mucho respeto: me dieron ganas de hacer una misa, aunque más no sea para honrar la fé de mis colegas peregrinos de todas las épocas. No solo su fé, sino también sus cojones: durante cientos de años el camino era muy peligroso, había pandillas de asaltantes en cada bosque. Muchos peregrinos nunca llegaron a Santiago.

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A misa, pues. Pasando por Ferreiros, ya en la última etapa del camino, vi que había misa en una iglesia y entré. Qué tristeza. Nadie quería estar ahí: ni el cura, ni los veinte tristes feligreses -ninguno con menos de cincuenta años-. Pasaban por el protocolo de la misa como empleados de ministerio, ausentes, aburridos, mecánicos.

¿Cómo pudo secarse tanto? Un ritual que es tan bello, tan lleno de símbolos, un ritual que es la piedra basal del movimiento religioso -y cultural- más poderoso de Occidente…

Me hubiera encantado ver una misa en la que la gente se la crea de verdad, como las de las Iglesias Bautistas, donde la feligresía canta a los gritos, tiene espasmos y se cae al suelo. Prefiero ese carnaval barroco a la solemnidad cadavérica apostólica romana. De verdad, les deseo mucha inspiración a mis hermanitos católicos en la tarea de revivir y rehabitar su tradición. Ahora que tienen un Papa con onda, debería serles más fácil.

En cuanto a mí, coincido poéticamente con Nietzsche, que soñaba con las iglesias en ruinas. Lo enfermaba la luz filtrada por los vitrales. Él buscaba lo Sagrado al aire libre. Como no lo voy a entender, si vi a Dios en los bosques y las montañas de Galicia, lo vi una y otra vez por los caminos del Camino de Santiago.

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Este poema y este recuerdo me vinieron leyendo al Zarathustra. Que lo disfrutes.

La luz literal

Cuando en el templo
entre la luz,
la luz literal,
colada por las rendijas
de los tablones de la piedad;

cuando entre luz de verdad,
sacuda el polvo de los sepulcros
de reyes y reinas,
se abra paso entre los bancos
de madera,
sea más brillante
que todas las velas
de todos los santos;

cuando el tejado caiga
y herida la sombra
de la penitencia de siglos
huya y se esconda;

cuando el rayo poderoso
de la liberación penetre
la iglesia como un pecho,
como un clavo a la mano
del humano sufriente,
como un clavo
a la mente;

cuando en el púlpito,
en el relicario,
irrumpa un rayo
de luz violenta y desaforada
y el vitral de colores rompa
y no haya distancia
entre el barro y la miel,
cuando la oveja
se ponga de pie;

cuando las torres de piedra
de miles de años
de las catedrales
se vengan abajo,
y sobre mi cielo
yo vea tu cielo
tocandomé,
ahí estaré:

como hombre libre
sobre las ruinas
tocandoté.

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