Es una historia muy bonita. Antes de contártela, me parece necesario explicarte qué es para mí lo “poético”.

¿Qué es la poesía?

La poesía es algo tan evasivo, tan amigo del silencio y de la ambiguedad, que no se deja definir fácilmente.

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Es el género literario más secreto, menos popular, porque si bien tiene que ver con las palabras, está más allá de las palabras. La poesía es lo que no dicen las palabras.

Por eso leer poesía puede ser frustrante si no estás acostumbrado: porque está eludiendo constantemente tus intentos de entender lo que ocurre. Te tira abajo el castillo de naipes cada tres versos.

La poesía se lleva bien con el hemisferio derecho. Para personas que trabajan con las palabras -periodistas, abogados, maestros- la poesía puede ser un vaso de agua fresca. Te abre los ojos, te empuja a mirar en estado de encantamiento, como un niño de cuatro años.

La poesía es una cualidad enigmática, una manera de mirar, una manera de mostrar. Es una cualidad que puede impregnar cualquier creación: una película, una canción, una catedral, un jardín, una vasija, un cuadro. Y también puede llenar de magia un momento en el tiempo.

Poesía en Tiempo Real

Hace unos años estaba saliendo con Flo, una chica catalana muy hippie, una criatura del bosque que andaba siempre con un pie en otro planeta. Éramos compañeros de clase en el Laboratorio, muy amigos, y cada tanto amantes. Pero en un momento nos tocó crear un trabajo teatral juntos, la cosa subió de vibración y nos mediopusimos de novios.

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Flo, Alfredo y yo creando en el Laboratorio. Foto de Viky García.

Fueron sólo tres meses, ásperos. Ella era una chica muy libre que además cada tanto se le salía la cadena y le daba por ignorarte por completo, te hacía desaparecer, no lo podía evitar. Para mi, que soy fuego y necesito atención, era el infierno en la tierra.

Así que en un momento, luego de un fin de semana medio catastrófico, vi que no daba para más. La llamé por teléfono, hablamos de dejarlo, y ella propuso ir a cerrar la historia a la Waikiki, una playa a dos horas de Barcelona donde habíamos pasado algunos de nuestros mejores momentos. La Waikiki es una cala natural, a la que se llega atravesando un bosque -no hay acceso en auto-, donde va muy poca gente.

La relación había sido breve, intensa y conflictiva. Yo tenía unas cuantas cosas atoradas en la garganta.

Estaba atardeciendo, en la playa quedábamos los dos, nada más. Yo no sabía cómo empezar a largar el lastre que traía encima, así que ella tomó dos ramas del bosque y propuso que habláramos en la arena, a la orilla del mar.

Fue un diálogo largo, ella y yo escribiéndonos preguntas, réplicas, recriminaciones, exhabruptos, palabras dulces y de nuevo ásperas, y de nuevo preguntas, diciéndonos lo que nos teníamos que decir en letra manuscrita sobre la arena.

En un momento se hizo una pausa. Ella escribió:
– ¿Y qué más?
Y yo:
– No tengo nada más que deci…
Y no llegué a acabar la palabra cuando una ola más fuerte que las anteriores se estiró hasta nuestros pies y borró todo lo escrito, y nosotros nos dimos un abrazo largo, la separación más hermosa, más poética, que tuve en la vida.

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Flo en su casa, un par de años después. Volvimos a ser amigos, ahora anda viajando por ahí.

De la vida al papel

Nunca le hice un poema a Flo, porque en esa época no escribía. Este texto es de más adelante, lo acabo de leer y le cuela perfecto a la historia.

Si es la primera vez que caes por el blog y te gustaría estar al tanto cuando publique aquí historias como esta, dejame tu correo.

 

Ahora sí, el poema. Que lo disfrutes.

Timing
un momento
incondicional
nada más que respirar
nada más que aquel refugio
de la mente
nada más que aquella playa
que aquel mar

la vida empieza a pestañear
en el momento justo
te guiña el ojo
en un semáforo
una canción
un disparo de lente
el momento justo
intersticial

te guiña el ojo
con timing perfecto
sabes que pisas el momento justo
sabes que vuelves al justo instante
al campanazo
al parpadeo
al nada más