– Pareces indio.
Me dijo Priyanka, una nueva amiga tamil que hice en el último viaje a Arunachala, el pasado febrero.
– ¿En qué? pregunte.
– No sé, tu manera de ser… Eres como un hombre indio.

No me extraña. Amo la India.

Llevo tres años yendo, cada febrero. Durante veinte días solamente, voy para organizar el Arunachala Soul Fest, el extraordinario retiro que encabeza mi maestra y amiga Jessica Walker.

Son viajes cortos, hacemos el festi y nos volvemos. Siempre a Tiruvannamalai, el pueblito al pie del monte Arunachala. En tres de las cuatro veces que fui a India, eso es lo único que vi: Tiru y la montaña. Amor a primera vista.

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Mi amada Arunachala

La primera vez que baje del avión venía del invierno europeo; saliendo del aeropuerto me golpeó la ola de calor tropical, eran las once de la noche, mientras atravesábamos Chennai en taxi tuve una sensación que volvería a experimentar una y otra vez: “Estoy en casa”.

Me tomó por sorpresa. Pensé que esa familiaridad me venía porque el suburbio indio parece el Gran Buenos Aires (“Berazategui con vacas” según mi amigo Jorge): casas de material, calles de tierra y asfalto semirroto, zanjas, carteles feos, cemento, muchísima gente, calor, basura…

Pero la sensación no se fue, indicio de que otra cosa me estaba pasando. Extrañamente, la comida me cayó bien al toque -algo raro para quienes van a India por primera vez-. Nunca un asomo de diarrea ni descompostura, me acostumbré al picante desde el minuto uno.

Luego, ese paisaje religioso constante… Los templos y templitos y capillas y altares por todos lados; algo en eso me llena el corazón, me da una alegría espontánea, entro a rezar dos minutos en cualquiera de ellos, da igual si es Shiva, Durga o Ganesha… Aparece un indio, me pinta la frente, le dejo el diezmo, todo se siente muy normal, muy cotidiano… Me encanta mi frente pintada, mi Shiva Shakti en el tercero ojo.

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En el templo de Shiva, cerca de Rishikesh

India me lo pone fácil. Para vivir, para conectar, para meditar. ¡Para levantarme por la mañana! A mí, que me cuesta un huevo madrugar, toda la puta vida pariendo para alzarme de la cama antes de las once, como un salmón nadando a contracorriente. Y de pronto, allá, en mi India, a las seis de la mañana se me abren los ojos, suenan las campanas, se cuelan los cantos desde afuera, a las siete ya estoy arriba, sin esfuerzo. ¿Qué coño está pasando? ¿Qué le pasa a mí metabolismo? ¿Es porque el país entero se levanta con el sol? ¿O hay alguna otra razón, más esotérica?

Y las mujeres indias, Dios mío. Yo soy libra, estoy obsesionado con la belleza, me fascina lo femenino, me alegra el alma, me abre los ojos. Y allí descubro que de todas las mujeres del mundo, las indias son las que más me gustan, por robo. Ese color de piel, esa forma de vestir, los colores, el sari, esa feminidad delicada, esa exuberancia, ese brillo en la mirada… Dios sabe lo que me gustaría tener una novia india, lástima que la única manera de tener una relación con una india es casándote.

Mi alma conoce la India, no tengo dudas. He pasado vidas y vidas allí. La primera vez que me hice una lectura de Registros Akashicos, hace seis años, pregunté:
– ¿Porque me atrae tanto la India?
– Porque allí tuviste Sangha por primera vez.

Por si no conocés el concepto, la Sangha es la familia espiritual. Una comunidad de seres afines, buscadores de la Verdad. Se ve que en India viví por primera vez lo que es buscar a Dios en grupo, de evolucionar colectivamente. Es un viaje de pura felicidad. Lo digo porque lo sé, porque mi Sangha de esta vida me encontró en Barcelona, con mis hermanitos del Happy Yoga y del Laboratorio.

En India tuve Sangha y tuve vidas y muertes y vidas y muertes, he tenido esposas, hijos, vacas, he trabajado en el campo, he cantado y rezado a Shiva, a Krishna, me he bañado en el Ganges, he quemado a mis muertos en Varanasi y arrojado sus cenizas al río.

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Mi primer baño en el Ganges (en esta vida)

Vidas pasadas. Y presentes. Partes de mi Ser, que vuelvo a recuperar, a recoger de entre el polvo de los caminos de ese país fabuloso que es mío. India es mi casa, como La Plata, cómo Barcelona.

Voy a volver. Muchas veces.

Volver, con la frente pintada,
las mieles del tiempo besando tanto mis pies.
Sentir que es un soplo la vida,
que tres mil años no es nada,
y febril la mirada,
errante en la sombra, te busca,
India,
y te nombra.

Este homenaje gardeliano lo escribí el último día de mi tercer viaje, en abril del año pasado. Es parte de “Mi Mahabarata”, un poema larguísimo que algún día publicaré.

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