Interpretar a un hijo de puta es terriblemente divertido. Y Ricardo III es el hijo de puta más grande de la historia del teatro. Pocas veces me la pasé tan bien en un escenario como cuando encarné a este resentido noble inglés que llega al trono amontonando debajo suyo una pila de cadáveres (su hermano, sus sobrinos, su esposa y una miríada de aristócratas y plebeyos) y muere asesinado en el campo de batalla.

Ricardo III fue una obra escrita cuando William Shakespeare era aún un joven dramaturgo. Pertenece a la serie de “dramas históricos”, una hornada de ocho piezas teatrales en las que el bardo relató la historia reciente de Inglaterra, y puso dialogo y emoción a las intrigas y tejemanejes entre las familias que se disputaron el trono durante el siglo XV.

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Arriba, retrato de Richard. Abajo, tres actores célebres que lo encarnaron: Lawrence Olivier, Anthony Sher e Ian McKellen.

La pluma imaginativa de Shakespeare retrata a Richard, Duque de York, como un tramposo, cojo, jorobado, de labia venenosa y seductora, y una audacia sin límites para abrirse paso hasta el trono. Una vez coronado se pone paranoico, manda a asesinar a varios de sus propios aliados hasta que finalmente muere en el campo de batalla, al frente de su ejército, pidiendo a los gritos “¡un caballo, mi reino por un caballo!”.

Ricardo llegó a mí en octubre de 2011. Yo estaba buscando algún texto para adaptar en el proceso creativo de solos con dramaturgia de autor de tercer año de Laboratorio, y me encontré con el fabuloso documental “Looking for Richard” de Al Pacino.

La peli me encantó, me encanta Pacino, Pacino adora a Shakespeare y yo también, el viejo Al encarna a duque con su carisma tan siciliano, se desayuna los monólogos de Ricardo -que habla sin parar durante toda la obra-… me dió muchísimas ganas de hincarle el diente al personaje, un caramelo para cualquier actor.

Me dio bastante miedo también: los textos de Shakespeare hierven de vitalidad, pero están escritos con un lenguaje poético, complejo, lleno de referencias, a años luz de nuestra habla cotidiana. Cualquier actor ha experimentado lo difícil que es decir esas palabras sin que te salgan afectadas, falsas, lo difícil que es interpretar esos roles sin parecer un playmobil. Pero bueno, si hay algún sitio donde se le puede encontrar la vuelta a la cosa es en el Laboratorio, así que confié y me lancé a por el Rey.

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Yo en el vestuario del Labo, testando el maquillaje.

Crear en el Labo es increíble, la propuesta de investigación es dentro y fuera del escenario, te invita a sumergir tu vida en el proceso. Me leí el libro varias veces, me vi todas las películas que encontré, hice una adaptación unipersonal con extractos de monólogos de Ricardo y me los memoricé, me fui un fin de semana a Londres a conocer las calles y los sitios por donde anduvo, me compré unas muletas, me tiré un par de semanas aprendiendo a usarlas, rengueando de acá para allá.

Y cuando empezaron los ensayos, la magia de la creación y el ojo poderoso de la directora Jessica Walker se hicieron cargo. Sin que me diera mucha cuenta, el universo poético de un aristócrata inglés del siglo XV se fue acercando a mi ser, me dejé tomar por sus palabras, por su instinto asesino, su miedo y su rabia, me empecé a divertir muchísimo actuando a este desgraciado.

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Cinco meses duró el viaje de creación: finalmente estrenamos a público en marzo de 2012. Los nervios desaparecieron en cuanto pisé el escenario: al descarado no le importa nada, y le encanta tener público para sus barbaridades. En los años siguientes, hice dos temporadas teatrales más de este montaje, y no hubo una sola función en que no disfrutara como chancho el ponerme en su piel. Lo quiero muchísimo al hijo de puta.

Aquí, unos minutos del Solo:

Para terminar te comparto el poema que le escribí a Ricardo, ya acabando la última temporada teatral que hice con el Solo.

La destrucción del personaje

Hoy es la última noche qué duermes conmigo,
Ricardo Tercero de Inglaterra.
Tras el velo de mis ojos,
en el sótano de mi alma,
anticipas tu muerte
y temes.

Cada noche has matado
y lo has hecho con mis manos.
Cada noche has mentido
y lo has hecho de mi boca.
Cada noche odiaste, odiaste
y te presté mi biografía
para dar raíz a tu furia.
Fui rey y deforme contigo
cada sangre, cada noche.

Has estado vivo tantas veces,
maltrecho rey de Inglaterra…
A qué le temes?
A otra muerte?
A enterrarte en el silencio del tablado,
no estás harto,
rey lisiado?
De ser atroz pesadilla
en dos horas de teatro,
no estás harto?

Hoy es la última noche qué duermes conmigo,
Ricardo, rey y soldado.

Mañana es tu último grito:
seré yo furia contigo
que escupo y lloro y maldigo
con tu boca,
con tus tripas,
con tu horrible joroba encima,
con tu bella forma incompleta.
Mañana morimos juntos,
Ricardo, Rey de Inglaterra.

Déjame dormir, no temas,
deja ya de ver fantasmas,
estás solo aquí, monarca.
Mañana morimos juntos
y que descanses en guerra.

Hasta el próximo escenario,
hasta que otro actor te quiera,
que te preste sus entrañas,
que te abra sus arterias,
que hable con tus palabras,
que sufra con tus miserias.
Hasta el próximo escenario,
rey lisiado, hasta que seas
de nuevo, hasta que nazcas
en otro actor que se ofrenda.
Descansa en guerra, monarca,
hasta que en otro te mueras.
Descansa en guerra, Ricardo
Tercero, Rey de Inglaterra.

No queda bien que lo diga yo, pero a mi me encantó como quedó el poema 🙂

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