“¿Viste que publiqué un libro sobre Luca?”, me dijo Oscar Jalil al rato de estar conversando en la terraza de Radio Universidad.

El Turco Jalil es mi mentor, podría decirse, durante la época en que estuve en la Radio. Trabajamos codo a codo, fueron unos años muy creativos en la que fue la primera emisora rockera de La Plata. Años en los que me enseñó mucho sobre periodismo y me contagió su melomanía.

Yo estaba de visita por la radio, y por supuesto no sabía nada del libro sobre Luca Prodan: Desde que vivo en Barcelona estoy bastante desconectado de la Argentina en general, salvo de mi familia. Jalil me contó que la Editorial Planeta le propuso escribir la biografía de Prodan, y él se puso en serio: ochenta entrevistas y un trabajo titánico de investigación y producción, una empresa que le llevó cuatro años de trabajo.

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“Luca Prodan: Libertad, divino tesoro” se publicó finalmente el año pasado. Me lo compré en el aeropuerto, y me devoré sus casi 500 páginas en las 18 horas de Ezeiza a Barcelona con escala en Frankfurt. “Cuando lo leas contame qué te pareció”, me había dicho el Turco. El libro está tan pero tan bueno que lo quiero contar acá.

¿Quién es Luca Prodan?

Si no sos compatriota mío, te lo debés estar preguntando hace rato. Luca Prodan es una figura clave de la historia del rock argentino. Voy a hacer el esfuerzo de decirte quién fue en tres párrafos -algo imposible desde el vamos-.

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Luquita

Luca nació en Roma, de una familia culta y acomodada, padre italiano, madre escocesa. De niño estuvo de pupilo en Gordonstoun -un colegio de clase alta en Escocia, donde fue compañero del príncipe Carlos de Inglaterra- y vivió una adolescencia caótica en Londres. Durante los 70, la capital británica era EL lugar. Luca fue testigo de una revolución musical como hubo pocas: el nacimiento del punk, las semillas de la new wave, la explosión del reggae… El tano los vio tocar a todos: los Sex Pistols, Joy Division, Bob Marley y muchísimos otros… Tomó muchas drogas y acabó cayendo en la heroína. Se hizo adicto mal, hasta sufrir un coma hepático que casi lo mata.

Mientras se recuperaba en casa de su madre en Italia, recibió una carta de Timmy McKern, un amigo argentino de padres ingleses que había estudiado con él en Gordonstoun. El sobre venía con una foto de Timmy, su mujer, dos hijas y un perro en su casa del valle de Traslasierra (Córdoba). Luca vio la foto e intuyó que allí había una segunda oportunidad para él. Corría 1980.

El resto es historia: Luca vendió todo y se mudó a Argentina. Se instaló en Córdoba y luego en Buenos Aires, donde formó Sumo, una banda poderosa que revolucionó el rock argento en apenas un lustro y tres discos (aquí una muestra de lo bestias que eran). Sus años en Argentina fueron también una cuenta regresiva: Luca había reemplazado la heroína por el alcohol. Un cóctel de ambos lo mató el 20 de diciembre de 1987.

La biografía definitiva de Luca

Aunque su música fue importante para mí en la adolescencia, te confieso que no me atrae el Mito de Luca, esa estampa de Dionisio suburbano bañado en ginebra que circuló por biografías, películas y artículos periodísticos. La ecuación del Artista Maldito (Exceso + Locura = Genialidad) no me cierra, no me la compro. Además no va conmigo, que no salgo casi de noche y apenas bebo alcohol.

luca-el-libertador-de-la-patria-04Por eso agradezco que Jalil haya presentado a otro Luca, al mejor: un hombre libre, espontáneo, honesto -incluso en sus contradicciones y su pulsión de muerte-. Un hombre que -como buen Tauro que era- se lanzó hacia la música de cabeza, al cien por ciento, sin pensárselo. Hay que recordar -y el libro lo contextualiza muy bien- que Argentina estaba en dictadura, con una sociedad cagada hasta las patas. Y Luca no tenía miedo.

“Luca era como un chamán. Siempre lo describo como un productor, porque es un chabón que vino a la Argentina a abrir puertas, con una misión rara. (…) Su misión era despertar el espíritu salvaje en una realidad argentina adormecida y masacrada, donde habían fusilado a toda la gente sensible y vivíamos con miedo. Luca transmitía valentía. Fue muy icónico para todos nosotros.” (Palo Pandolfo)

Jalil pinta a Luca a través de la gente que lo conoció: sus amigos, compañeros, novias, colegas y seguidores. Al estilo de “Please Kill Me”, otra icónica biografía coral del rock, las voces de los entrevistados adquieren un protagonismo casi total.

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Luca en Córdoba, con Sokol, Ricardo Curtet, Daffunchio y Stephanie Nuttal

En este sentido, me conmovió la generosidad de muchos entrevistados: compañeros de banda como Germán Daffunchio y Diego Arnedo, amigos como Lila Riquelme y Claudia Gerdhardt, ex novias como Mónica Stromp y Mirta Bogdasarián… Chapeau para Jalil por lograr este grado de confianza e intimidad en las entrevistas, una cosa nada fácil. Muchos testimonios tienen una cualidad, una transparencia, me lo hacen ver a Luca, me lo sientan en frente, no tengo mejor modo de explicarlo.

Y luego están los que lo cuentan desde abajo del escenario, los que lo vieron tocar, los que hablan del terremoto que significó la música de Sumo en sus vidas. Gente como Sergio Rotman, Palo Pandolfo, Diego Capusotto… Hay pasajes hipnóticos, alucinantes, como este testimonio de Gillespie contando su primera experiencia en un recital de Sumo. Lo transcribo entero porque no tiene ni un desperdicio:

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Luca on fire, con Ricardo Mollo

“El show era una bestialidad. Primero porque tocaban a un volumen que no se podía creer, pero sonaba cristalino. Cuando terminaban, la cabeza te quedaba como una pandereta. Otra cosa que me gustaba era la puesta de luces. Eran casi todas a contraluz, es decir que veías las figuras recortadas de los músicos sobre la luminaria, que estaba detrás del escenario. Eso generaba un efecto, cuanto menos, psicodélico y narcótico. Entre el volumen y que no veías un porongo, te mataban. El show empezaba acústico. Luca llevaba una guitarra acústica y tenía el pelo largo y marrón. Cantaba una balada. Después se sacaba la peluca y ahí empezaba el rock and roll. Esa primera vez que vi a Sumo quedé completamente magnetizado con la imagen de Luca. En el último de los temas, se sentó en el borde del escenario con las patitas colgando, dio el saltito y se metió entre la gente, que estaba enfervorizada con los acordes finales de la canción. Pasó caminando y yo automáticamente me fui caminando con él. No me quedé viéndolo, una cosa muy extraña. Tenía la necesidad de preguntarle cosas. Yo venía tocando hacía varios años con bandas, pero lo que había experimentado era inédito. Cuando el show terminó, Luca salió del lugar completamente solo, con una bolsa de supermercado en la mano, y afuera había un grupito de gente. En la bolsa de nylon llevaba la peluca, el hueso ese que tenía y no sé que más, y empezó a caminar por Corrientes, para el lado de Callao, y yo me puse a caminar detrás de él, a una distancia prudencial de diez metros. Así hicimos varias cuadras y a mi me quedaba como el orto porque tenía que ir para la 9 de julio. Dobló justo donde está el Ópera, el bar en la esquina de Callao y Corrientes, hizo dos metros y se puso a esperar el 60 en la parada del colectivo. No me animé a decirle nada porque Luca metía miedo. Me miró, como midiéndome con cara de pendenciero, a los pocos minutos se subió al 60 y se fue. Yo me quedé en la parada con cara de boludo”.

El libro está lleno de momentazos como este, y también frases que me hicieron partir de risa en el asiento del avión, despertando a los demás pasajeros.

Luca, el Libertador

El hilo conductor de esta biografía definitiva es el efecto catalizador que tuvo el tano sobre tanta gente. Luca le contagió su convicción a todos los que se cruzaron con él, arriba y abajo del escenario. Y luego de su muerte -gracias a sus canciones y ahora del libro- también a las personas que no lo conocimos pero somos alcanzados en delay por su potencia liberadora.

“Tenía una gran búsqueda de libertad y de verdad. Tanta intensidad… Ignoraba todos los intentos para cambiar la orientación de su vida, como si su destino ya estuviera pactado. Él ni siquiera probó modificarlo, nunca se le hubiera ocurrido hacerlo. Dejó la sensación de que fracasó con su propia vida, pero prendió, y sigue prendiendo, en la de los demás”. (Timmy McKern)

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Tiene un punto de magia el haberme cruzado con este libro ahora mismo, que estoy empezando un viaje personal con la música, de ponerme a crear sin antecedentes en el asunto. Leyendo el libro sentía como si Luca me diera permiso. Como si me dijera “fuck you, man, hacé lo que quieras”.

“Haber conocido a Luca me trajo la posibilidad de percibir algunos aspectos míos, que por los efectos de la dictadura y ciertas culpas, me tenían un poco congelado el balero. Algo así como una fobia social… Una traba que no me dejaba liberarme del todo. Cuando vi que el tipo decía ´fuck you, vamos para adelante´ y se ponía al frente de la cosa, sentí que se abría una puerta, hacia un desahogo de todos los claroscuros de mi personalidad”. (Diego Arnedo, bajista de Sumo)

Nada más. Precioso libro. Compralo, sacalo de la biblioteca, leelo o me lo pedís prestado si estás en Barcelona.

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En el aeropuerto, con la reciente adquisición.

PD para Jalil: Gracias Turquito, gran trabajo. Esto no te lo vas a creer, pero estoy seguro de que el alma inmortal de Luca te agradece por ayudarlo a seguir tocando la vida de las personas.

PD para los que cayeron al blog por primera vez: Si te gusto el texto, dejame tu mail abajo y te aviso cuando publique más.