En las cosas que amo, fui precoz: La música apareció en mi vida a los tres años.

Vino de la mano de un piano grande, viejo, de madera, recostado en la sala de estar de lo de mis abuelos. Lo habían comprado para sus hijas -mi mamá y mis tías-. Cuando ellas se hicieron grandes y se fueron de lo de mis abuelos, el piano quedó semi-abandonado, se usaba de estantería.

Ninguno de los ahijados, sobrinos y nietos le había dado mucha bola, hasta que llegué yo. Ni bien lo vi lo adopté, y me quedé pegado a las teclas durante toda mi infancia.

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El Pianista

Cada domingo, los Zaffora íbamos a almorzar tallarines caseros a lo de mis abuelos. Después de comer, yo me clavaba toda la tarde dándole al piano, sacando melodías de oído, destrozando la siesta de mis abuelos y sus vecinos.

Con los años, la música fue ganando terreno. Me regalaron un órgano Casio y empecé a tomar clases de teclado con el gran Juan Carlos Maddio, maestro de la mitad de los músicos azuleños. Maddio me introdujo en la técnica a través del jazz, el blues y la música clásica. La primera canción que aprendí fue El Himno de la Alegría.

Con la adolescencia llegó el rock y formé una banda con compañeros del secundario. No me acuerdo el nombre del grupo -quizás Jacinto o Seba se acuerden-, hacíamos un punk rock bastante horrible, con hits como “La hija del Jefe” -nadie tenía jefe aún, pero bueno, teníamos 13 años-.

Y justo allí, a los 14 años, entré de lleno en esa etapa desconcertante en la que no entendés nada, no comprendés cómo funcionan las relaciones, intentás encajar con el grupo, sufrís de un modo desproporcionado, gestionas tu propia mente a duras penas y te defendés como podés del mundo. Los Años Oscuros de la Adolescencia. Creo que sabés de lo que te hablo.

En mi caso, este pozo de confusión duró unos dos años, y se tragó algunas cosas bonitas. La música, entre ellas. Dejé de tocar, de tomar clases… La orquesta de mi mente se quedó muda. O la hice callar yo, no se.

Hasta ahora.

El Pianista Regresa

Cuando mi abuela murió me dejó el piano.

Su departamento estaba en un cuarto piso, imposible bajarlo por el ascensor. Así que quedó unos cuantos años ahí, hasta que vendieron el depto. Entonces mis viejos lo hicieron desarmar, lo bajaron por la ventana y lo instalaron en lo de mi hermana Flor -que es la casa donde nos criamos de chicos-.

Este año pasé las fiestas en Azul y lo vi. El piano está impecable aunque desafinado, nadie lo toca. Parece que sigue habiendo sólo un músico en la familia.

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Cuando tomaba clases con Maddio -e inspirado por las sonatas y minués que me hacía interpretar- compuse un puñado de canciones. La primera que hice, “Paralili”, iba dedicada a mi mamá Liliana. Tendría unos nueve años yo. De algún modo el tema me quedó en la memoria hasta ahora: lo grabé en lo de mi sister, con la cámara del móvil, en la última visita que les hice.

Aquí va el video. Es mi homenaje al músico que fui y que estoy volviendo a ser ahora, treinta años después. Te pido disculpas por lo desafinado del piano y lo oxidado del pianista, ya me iré sacando lustre 🙂

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