El finde pasado fui a ver “Akal”, el extraordinario solo teatral de Jessica Walker dedicado a Manuel Garrido Ramos. No tengo idea cómo la habrán vivido aquellos que no conocieron a Manu, pero a mi la obra me pulverizó. Me deshizo. Me lo trajo de vuelta. Y me dieron unas ganas tremendas de escribir sobre él.

Manuel murió a fines de 2013 de una meningitis fulminante. Si sos de Barcelona y tuviste la suerte de cruzarte con él, quizás este texto te haga recordarlo con felicidad.

Y si no lo conociste, te invito a que sigas leyendo igual. Este post es sobre él, pero también sobre lo milagroso del teatro, sobre la belleza de la vida y la muerte, sobre las despedidas con gracia, sobre las almas que tocamos en nuestro paso por esta tierra, sobre lo obligatorio de salir de fiesta con los amigos.

Manuel, la bestia

“Me levanto cada mañana con ganas de matar”. Así empezaba el solo teatral de Manu. Él, sentado al fondo del escenario, piernas cruzadas, semidesnudo y con tacones, comiendo una manzana.

Era diciembre de 2008. Yo llevaba tres meses en esa escuela de teatro delirante que es el Laboratorio. Los que estábamos en primer año conocíamos de vista a los de segundo, los cruzábamos por los pasillos, espiábamos sus ensayos por detrás de la cortina.

Manuel no pasaba inadvertido. Pero en el escenario, ese magnetismo natural se multiplicaba por mil. Era una bestia teatral que te tomaba por sorpresa, feroz pero sin perder la elegancia, provocador nato y con un humor perverso, negrísimo -su solo del asesino serial era terrible y descostillante al mismo tiempo-.

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Como todos los que estábamos entre el público aquella noche, caí rendido ante Manuel, el actor. Un año después tuve la oportunidad de conocer a la persona.

Manuel, el artista

Fast forward a marzo de 2010. Ya en segundo año de Laboratorio, con mis veinticinco compañeros de viaje, empezando el proceso creativo de Hamlet. Con un mes de ensayos, mi grupo venía bloqueado.

Un día nos junta Jessica Walker -la directora- antes de la clase y nos cuenta que Manuel estaba esperando afuera de la sala, que quería incorporarse a la obra. Él había terminado la escuela el año anterior, ya había hecho su Hamlet, pero al parecer no podía con su alma y quería repetir.

La Walker pidió permiso al grupo para sumarlo. Todos votaron que sí menos Adrián y yo, me acuerdo. Es que Manuel es una bestia, pensé, nos va a comer crudos, se va a quedar con todas las escenas. Éramos un grupo muy verde, y sentía que su presencia nos quitaría oportunidades para madurar. De todos modos ganó el sí, y Manuel apareció en la sala feliz de la vida.

Empezó el ensayo, fueron sucediéndose las escenas, no pasaba mucha cosa, hasta que en un momento la Walker hace salir a todos del escenario y dice:
– Entra Manuel.

No me lo voy a olvidar jamás. Sonaron los primeros compases de “Buenos Aires Hora Cero”, él caminó hasta el centro del escenario, se giró hacia nosotros. Y se transformó. Ante nuestros ojos. De la nada. Era Fortimbrás, príncipe de Noruega, mirándonos con una arrogancia y un desprecio que no puedo describir, echándonos encima improperios en diez minutos de monólogo salvaje, improvisado, perfecto. Jessica bajó las luces, inspira, exhala, telón.

Al acabar la escena, yo tenía ganas de gritar, de saltar paredes y de tirarme de cabeza al escenario, todo al mismo tiempo. Comprendí de una vez y para siempre que un Artista es pura bendición para un grupo. No lo bloquea sino que lo inspira. Eleva al conjunto. Un Artista te contagia su Libertad.

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 Haciendo de Fortimbras en Hamlet Seco (2010). Fotos de Jorge Gareis.

Esa fue la primera vez que le vería hacer algo muy típico de Manuel: crear una escena entera, acabada y perfecta en un primer pase. Nada de ir construyendo el personaje ensayo a ensayo, madurando el trabajo… Este hijo de puta era el ejemplo vivo de que el proceso creativo no es lógico: es mágico. Sus primeros pases eran tan tremendos que a veces no conseguía repetir nunca esa intensidad.

Al acabar el ensayo me fui directo a pedirle disculpas por haber votado en contra de que entrara al montaje -él no estuvo presente en la deliberación así que no lo sabía, pero yo quería quedarme en paz-. Se lo tomó muy bien, naturalmente: Manu tenía paladar para los personajes sádicos pero era un amor de persona. Y así como flipabas con él, él flipaba con todo el mundo -muchas veces lo escuchabas diciendo woowww cuando algún otro actuaba en escena-. Le encantaban las personas.

Manuel, el creador

Yo no era especialmente amigo de Manuel -no supe que tenía SIDA hasta después que falleció-. Nuestro vínculo tenía esa rara intimidad que se genera entre los actores que comparten escenario: puede que no conozcas nada de la vida de la persona, pero has visto su alma. Has conocido algo esencial.

Y la vida de Manu desde 2008 hasta que se fue -en diciembre de 2013- estuvo impregnada, rebalsada de teatro. Era como si su alma supiera que le quedaba poco tiempo, y lo urgiera a crear y encarnar y crear y encarnar: al Lobo Feroz, al gemelo de Crave, al Marqués de Sade y sobre todo a Hamlet. Amaba a Hamlet. Actuó en seis montajes experimentales de la obra dirigidos por la Walker. Todas las veces que pudo, todos los personajes que pudo: Claudio, Laertes, Yorick, Fortimbras, Marcelo, Enterrador. Y Hamlet, claro.

Fuimos pocos los testigos de la belleza de Manuel. Todo su derroche generoso está guardado en nuestra memoria, la del puñado de gente que frecuentó el Laboratorio esos cinco años. Hay videos, sí. Pero el Teatro es un Arte del Presente. Sucede mientras dura la obra, y solo deja un eco -eterno- en los muros y en las almas.

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Dúos con María Quero, con Manuela Impagnatello, Solo del Lobo Feroz. Fotos de Viky García.

Manuel, el bailarín

Su muerte nos tomó por sorpresa a todos. Desde que le empezaron los dolores de cabeza hasta que falleció en el hospital pasaron apenas dos semanas. No pudimos estar en el velorio -fue en Galicia, a instancias de su familia-. Así que le armamos una ceremonia de despedida en el Happy Yoga -la escuela hermana del Labo-.

Fue el funeral más hermoso de mi vida: cien personas bailando y llorando y riendo y bailando para él y bailando con él ese tema de Stevie Wonder, como él lo bailaba en este video precioso que realizó la Ester Blázquez.

Que belleza vivir así. Que belleza bailar así. Qué belleza poder despedirnos así, con una tristeza liviana que es puro amor, puro agradecimiento, pura limpieza.

Manuel y yo

La última vez que vi a Manuel fue el 9 de noviembre de 2013: unos quince días antes de que cayera enfermo, un mes exacto antes de que muriera.

Habíamos acabado la última función de “Hambret” -de la recién creada Compañía Laboratorio, de la que ambos formábamos parte-. Luego de la presentación, como siempre hacíamos, todos los actores nos fuimos a cenar al Argentino -el local de empanadas a la esquina del teatro-.

Era domingo a la noche. Después de comer la gente empezó a plegar una por una. Se hizo tarde, ya no quedábamos muchos, en eso Manu dice:

– He quedado con un par de amigas para ir de fiesta, ¿alguien se apunta?

Nadie, aparentemente. Y yo tampoco: No salgo mucho de bailongo, y nunca los domingos. Y mucho menos después de una función de teatro, que estoy para el sobre.

Pero escuché una voz en mi cabeza: “¿Por qué no?”.

– Yo voy -dije-.

Manu tenía amigos de todos los colores y variedades. Estas chicas resultaron ser unas lesbianas simpatiquísimas, que lo adoraban. Fuimos de dancing a un bar africano del Raval, luego de copas por Avinyó y terminamos en un departamento gigante y lujoso frente a plaza Urquinaona, hogar de una de sus amigas -publicitaria high level-.

Creo que no lo he dicho aún, pero con Manu te reías muchísimo. Fueron horas y horas de hablar del teatro y la vida, bebiendo cervezas de importación de la bodega de Olivia -así se llamaba la amiga-, mientras las chicas se tomaban una raya atrás de la otra -yo no tomo drogas duras y él las había dejado hacía mucho- y cada tanto lo agarraban para bailar, entonces él se sacaba la camisa y montaba su show (en las discotecas gay de Barcelona lo conocían todos por su despliegue dancístico).

Salimos de lo de Olivia al amanecer. Nos dimos un abrazo en la parada del bus y me fui, dando por descontado que volveríamos a ir de fiesta juntos, con sus amigos delirantes, a bailar por ahí y a reírnos hasta caernos al suelo.

Pero no habría próxima vez. Y nunca dejaré de agradecer a mi Alma que me haya empujado a salir con él -a despedirme de él- esa noche de 2013.

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Con Karlita en el Argentino (oct/2013). De dancing en el depto de su amiga, la última noche. La mesa del último bar en carrer d´Avinyó.

Lo que me diste, Manu

Mientras escribía este texto, se me ocurrió volver a entrar a tu muro de facebook. Tremendo santuario de amistad, las cientos y cientos de personas que te quieren siguen dejando mensajes a tres años de tu muerte.

Quiero agradecerte porque no te fuiste nunca, por seguir haciéndote notar en el escenario, en tantos ensayos con la Compañía -que sepas que te sentimos-, la otra noche en el Solo de la Jessica, y ahora mismo, que me estás tocando el corazón.

Hasta siempre, amigo.

Y gracias por tu libertad.

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Solo “Marat Sade”. Foto de Ulises Fontana (la de la portada también es de Uli)

PD: Aquí, el poema que le escribí cuando voló.