Hubo un tiempo en que el devoto
estaba en guerra
con el cuerpo.

Se daba de latigazos,
la carne le daba miedo,
el éxtasis era veneno
al mismo tiempo,
y su sangre derramaba
sobre el suelo.

Se esforzaba
con la cruz en las espaldas,
con espinas en la frente
repitiendo
la pasión de Cristo,
la vida de Cristo
viviendo,
la muerte de Cristo
muriendo.

Un hambre crujía su alma,
un hambre de cielo inmenso;
hambre tan insoportable
de un cielo detrás del traje
barroco de la existencia,
exuberante y obsceno;
un vestido que el cristiano
arrancaba a latigazos
cuando quería lo eterno,
cuando andaba equivocado,
cuando quería
ser santo,
cuando moría
sin serlo.