“Yo no creería más que en un Dios
qué supiese bailar.”
(Frederich Nietzsche, “Así habló Zaratustra”)

Me dejo bailar por Dios,
y los ojos de los hombres se deslumbran
por la gracia,
la ebriedad
de la música infinita,
crepuscular,
de mi bondad.

Ser bueno no es para los demás;
es ser verdad con la sombra,
con la mugre
es ser verdad.

El mayor acto de clemencia
es la sentencia que firma el hombre
con su mente a cada instante,
con su muerte a cada instante.
El mayor acto de piedad
es ser verdad,
y dejar al ser
bailar.

Ser de Dios es ser
honesto:
honesto en la decadencia,
honesto en atardecer,
en entropía
hacia el ocaso,
honesto en la trascendencia
hacía lo alto.

Cuando a todas mis partes huérfanas
doy su sitio en mi mesa,
con ellas comparto el pan
de la verdad:
una música infinita
nos sorprende.

Es un Dios despreocupado
que en mi ser viene
a bailar.