Mi palabra, leño ardiente,
alerce encendido en las ramas,
sonido doliente
salido de un doliente cráneo,
de un pecho constreñido
que precisa espacio,
precisa campos abiertos,
campos verdes humanos
para seguirse contando.

El tornado, palabra santa,
santa y salvaje,
nacida de lo quieto,
de la oscura caverna
del fondo húmedo cerebro,
adentro de ahí, de lo inmóvil,
nace piedra contra piedra,
verbo y templo.

Sonido más fuerte que el sonido.
Luz más brillante que la luz.
Desde el mártir universo.
Desde adentro hacia los otros.

Duele tanto
por que quiere ser en masa,
mi palabra,
quiere la boca de muchos
para hablarse y ser hablada.

El lago, espejo quieto,
sólo sólo esta completo
cuando cruje maremoto
hacia los vivos
y los muertos.

Palabra de agua,
sé fuego.