Si fueran muchos los dioses,
como antes,
si fuesen rayos y truenos,
niños, mujeres, carpinteros
bueyes y cisnes
y animales
y ceibos y ranas y luces de madrugada
y huesos y hambre y ojos enrojecidos
y celos y envidia,
si hubiera dioses para cada cosa
terrena y divina,
dioses para ser espejo,
para ser trascendencia del instinto,
para recordarnos lo sagrado
de la tierra,
sería todo más simple y también más difícil:
seríamos todos impunes
para la guerra.

Si la naturaleza fuera contienda,
si fuera continuo conflicto en continuo equilibrio,
sin gloria ni pena, si sólo vivera una bestia
en el fondo del hombre al final;
si fuéramos dioses que quieren matar,
que quieren ser comidos,
que quieren arder en la pira,
que quieren hundirse en el mar.

Si fueran dioses las hojas de hierba
que me tomo en infusión al levantarme,
y mi pelea contra el mundo
analogía
de los dioses que pelean
en el cielo de mi alma,
¿Haría falta inventarme uno sólo,
un único dios
para ganar la batalla?
¿Para obligarme a fijar como un puño la mirada,
clavar la mente
en una única diana,
a cerrar todo el hacer, todo el pensar,
en un corazón que me abarca,
un largo poema
del cual soy verso,
del cual soy frase,
soy metáfora?

Si los dioses son los muchos,
no son más que las poesías de mi alma,
mis efímeros espejos en el mundo.

Y si Dios es uno solo
y hay un solo único Dios,
la metáfora y el símbolo
soy yo.