Mis almas queridas,
mis niños,
los que me acompañaron
de chico,
a todos ellos
mi reverencia.

A ratos me acuerdo de todos:
sus caras asoman en mi memoria,
brotan como semillas,
como piedras preciosas.

Son multitudes.
Todos en el barco,
en el buque de esta vida:
fines de los setenta nacidos,
en los ochenta criados,
en ese punto extraviado del planeta
en el cono sur de la tierra,
en Azul,
todos al ruedo,
juntitos, lanzados.
Y nos hemos hecho daño,
nos hemos reído.
Hemos sido amigos.
Nos hemos,
a ratos,
odiado.

Y hoy que se aparecen
radiantes en mi mente,
a todos los amo.

Gracias caminantes,
viajeros de las estrellas,
por venir a esta tierra
en mi misma hornada.

Gracias Jacinto,
te quise matar pero gracias,
gracias Seba hermano, que seguís,
gracias Gordo Masson,
Marcelo, que al final no eras
eso que todos decían,
el Peti, Martin Iribarne,
el Loco Mola, como te odié, mi hermano,
Fulquet, a vos también,
Virginia Lacabe,
Celedonio, Carlita, mi amiga,
el Chocha querido,
todavía amigo, Pancholo,
el Nariz, el Wilanga,
toda esa banda pasada de vueltas
con la que quemé neuronas,
segundos, semanas.
Toda esa procesión que me acompañó
veinte años,
por Dios.

Gracias totales
a todos,
hermanos.

Como dijo la Isabel,
solo el amor
deja rastro.